Si eres madre o padre, sabes bien que un hijo recién nacido es capaz de hacerte sentir lo que nunca imaginaste que existía: una mezcla de alegría, orgullo y pánico en partes iguales. Es
una persona, pero aún demasiado frágil, demasiado pequeña. Está en tus brazos y te necesita para sobrevivir, mientras descubres en ese pequeño ser a un nuevo dueño o una nueva dueñade tu corazón. Si hay más de un hijo, descubriremos que es verdad eso que dicen: el corazón se ensancha.
Por Marcela Cuevas D.

Los hijos son un gran misterio. Llegan a nuestras vidas y las transforman radicalmente. Son vulnerables y queremos hacer por ellos lo que sea necesario para que sean felices; en ese intento, descubrimos nuestra propia vulnerabilidad. Quizá el mayor aprendizaje de nuestras vidas sea que el amor nos desnuda y, al mismo tiempo, nos llena de valentía y audacia, nos exige ser mejores, más prudentes, más templados. Queremos para nuestros hijos lo mejor, y nosotros tendremos que ser mejores para ellos.

Puede ser que recién den sus primeros pasos, tal vez practican sumas junto a nosotros mientras leemos este artículo, o quizá estemos esperando que un hijo regrese de sus clases en la universidad, puede ser que ya sea padre o madre… y en cualquiera de estos casos, lo que deseamos es que sean mejores, aun cuando sabemos que cada uno es ya absolutamente valioso.

¿Qué significa mejor? No hay un modelo de hijo perfecto y virtuoso. Los relatos que nos hablan de vidas humanas nos hacen ver que algunas vidas alcanzan nuestra admiración, otras nos resultan repugnantes. Recientemente fui a ver al cine la Odisea, en la versión de Nolan, quien vuelve a relatar esta antigua historia del hombre que intenta regresar a su casa. En ella, los pretendientes traman y se aprovechan; Penélope se mantiene fuerte, discreta y prudente. ¿Por qué no nos resultan indiferentes las vidas de estos personajes? ¿Por qué sentimos con ellos que no da lo mismo vivir esta historia de una manera o de otra?

Si nos detenemos a pensar en qué es lo mejor para una vida, el futuro no puede decirnos mucho, pero el pasado nos inspira. ¿A quién admiramos y por qué? Veremos, probablemente, que no es posible encontrar vidas perfectas e intachables, vidas exitosas y libres de sufrimiento y dolor. En cambio, sí es posible ver vidas que han atravesado por dificultades, que han fallado o que se han desgastado con el tiempo, el esfuerzo y el trabajo y, sin embargo, son vidas fecundas, generosas, que han aportado con alegría. En pocas palabras, a pesar del dolor o de la dificultad, admiramos a quienes han sabido amar bien.

¿Y cómo llevamos esto al plano de nuestros hijos? Queremos lo mejor para ellos, queremos el bien. Pero son personas libres y no podemos convertir nuestra idea de bien en un proyecto que les obliguemos a cumplir. ¿Respetar su libertad es permitir que hagan lo que quieran? Vuelvo a la Odisea y a la escena del canto de las sirenas. Atado al mástil, Odiseo puede oír ese canto sin sucumbir a él. ¿Qué cantan las sirenas? No lo sabemos, pero se trata de algo muy atractivo. Odiseo usa su libertad presente para proteger la libertad futura. Lo que realmente quiere es volver a su casa, llegar a Ítaca, y sabe que ese canto le puede hacer perder el camino. Por tanto, se ata, se obliga a obedecer lo que de verdad quiere.

Los padres podemos ser, provisionalmente, ese mástil para nuestros hijos, si ejercemos adecuadamente nuestra autoridad. Provisionalmente, porque educamos para el día en que nuestros hijos reconozcan su propia Ítaca, el modo singular en el que realizarán la vida buena,y reconozcan también el peligro de las sirenas. Esperamos que lleguen a dominar el timón y las velas de su vida, que puedan atarse a su propio mástil y que sepan sacrificar ciertas posibilidades presentes en orden a la libertad de realizar la vida buena.

¿Cómo ejercer la autoridad adecuadamente? Te propongo dos ejes. El primero, el de la persona de tu hijo o hija. No eres una autoridad abstracta, sino la autoridad para esa persona, que tiene un modo propio de ser, una sensibilidad personal única, un tiempo y un lugar, y una vocación que tal vez desconocemos, pero es la suya, no la tuya. Esa persona merece ser vista con una mirada amorosa, que reconoce su singularidad y respeta sus diferencias, que acepta sus limitaciones y que corrige sus defectos poniendo el foco en su bien.
Esa persona merece sentirse valiosa ante tus ojos, porque lo es, y no necesita demostrar ni lograr algo para ganar esa aprobación. Este primer eje requiere el amor incondicional con que ejercemos la autoridad, un amor que reconoce en el otro a un sujeto, cuya vida no es nuestra.

El segundo eje es el del bien objetivo, el de lo justo, el de aquello que no se transa, porque es valioso por sí mismo. Tal vez hoy cuesta afirmar que hay un bien que no depende de las preferencias, un bien universal, porque nuestro tiempo le ha dado mucha importancia a la búsqueda individual del propio camino. Sin embargo, cuando ejercemos autoridad, resulta importante tener muy claro que hay algo que no cambia, que marca una pauta de lo permanente y estable, que fundamenta una seguridad: algo es bueno y verdadero siempre. No se trata de los valores personales, ni de la opinión. Se trata de encontrar, ya sea porque tenemos fe, ya sea porque lo hemos razonado, o ambas cosas, un criterio estable de justicia y respeto de la dignidad de cada persona, cuya dignidad también exige no conformarnos con menos que el bien.

Si solo nos ocupamos del primer eje, nuestra autoridad se vuelve permisiva, blanda, porque transa y cambia según las circunstancias. Si solo está el segundo eje, caemos en una formade autoritarismo, en una firmeza abstracta y dura que no ve la necesidad de la persona, sino que solamente exige perfección. La autoridad educativa necesita mantener ambas miradas simultáneamente. No se trata de una mezcla o equilibrio entre ambas, sino del ejercicio prudente de quien conoce bien a quien educa, sabe que hay un bien objetivo para él y busca ese bien, aunque no acierte siempre.

Conocer bien a nuestros hijos es clave. Pienso que los padres somos como unos lectores privilegiados de su ser. No porque seamos sus dueños o porque los hayamos hecho a nuestra imagen, sino porque hemos recibido el regalo y la responsabilidad de custodiarlos desde ese día en que nacieron. Los vemos crecer, velamos sus sueños, acompañamos cada paso en sus vidas. Somos lectores privilegiados, aunque no infalibles. Durante un tiempo, vemos lo que
nuestros hijos no ven todavía, por eso les mandamos, ponemos límites, explicamos y prevenimos. Y nuestra orientación es justamente ir haciendo posible que ellos vean por sí mismos. Primero necesitan obedecer sin comprender del todo, luego, se van haciendo capaces de deliberar por sí mismos, hasta que llega un día en que se gobiernan a sí mismos, en que se
apropian de su libertad para ejercerla con responsabilidad.

La persona que ha sido mirada así por sus padres va aprendiendo a sentirse valiosa y a no depender de la aprobación ajena. Y también podrá atreverse a probarse a sí misma en la adversidad. Su dignidad no depende de sus logros, pero descubre, mediante experiencias reales de esfuerzo personal, que puede actuar sobre su vida. A esto Bandura lo llama “agencia”. Dos pilares, entonces: valor y agencia.

Sin una conciencia firme del propio valor, la persona puede sentir, por una parte, que es importante tener éxito para ser reconocida, y el valor queda afuera: en los logros, en los premios, en las notas, en los aplausos, y cuando estos ya no están, queda la sensación de vacío. Por otra parte, sin la experiencia real de agencia, puede sentirse valiosa, y aun así incapaz de actuar sobre su propia vida, puede perder la ambición por crecer, o sentirse
derrotada antes de intentarlo.

Mirémoslo en un ejemplo. Pedro, de 9 años, se sabe valioso, pero siente pena porque obtuvo una mala nota en una prueba de matemática. La muestra a su papá sin vergüenza, con la seguridad de que su valor no ha cambiado, porque no teme perder su aprobación. Busca consuelo para su pena y ayuda para aprender. Revisan juntos la prueba, el papá le muestra cuáles fueron sus errores, practican juntos unos ejercicios. El papá lo felicita porque su
esfuerzo le lleva a aprender. Luego, ponen juntos la mesa para comer. El papá le enseña a Pedro a preparar unos huevos; se sientan a comer y comparten con la mamá y los hermanos su día. Puede ser que Pedro todavía sienta pena por la mala nota, pero haber aprendido de su error y haber podido ayudar en la casa hacen de esta experiencia algo que suma. Y este ejemplo vale con otros niños, con otras edades, con otras circunstancias: hacer la cama en las mañanas, jugar dominó con la abuela, aprender a andar en bicicleta. Pequeños logros que contribuyen a la formación del carácter.

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