Si has sido padre o madre, este título seguro te interpelará. Y es que la llegada de un hijo, sin dejar de lado lo maravilloso e inexplicable que puede llegar a ser, pone a prueba la relación de pareja. Así como remueve nuestra vida entera, también viene a «desordenar» aquello que antes tenía su lugar y cierta armonía.

Por: Josefina Márquez A.

Y no hablo solamente de la falta de sueño o del cambio de rutina. Me refiero, sobre todo, a cómo volvemos a acercarnos al otro después de convertirnos en padres; cómo recuperamos la conexión y reencontramos esos momentos que antes abundaban y que ahora parecen perderse en medio del caos de la vida familiar, especialmente cuando hay un hijo pequeño.

Lo primero, me parece, es ser conscientes de esta realidad. Saber que nuestro hijo probablemente absorberá gran parte de nuestras energías y de nuestro tiempo, pero que, en el corto plazo, necesitaremos volver a conectar como pareja. Y no solo por nosotros, sino también por ese mismo hijo. Cuidar la relación entre los padres contribuye también al bienestar de los hijos, porque les ofrece un entorno afectivo más seguro y estable.

Pensar que una de las mejores cosas que podemos darle es cuidar el «nosotros» puede ser una gran motivación en medio del cansancio y la dedicación que exige la crianza.

Otro aspecto interesante es que a los hijos los queremos casi instintivamente. Es, de algún modo, «más fácil» quererlos: son pequeños, frágiles, dependientes, y el vínculo que tenemos con ellos es profundamente fuerte y permanente.

Con la pareja ocurre algo distinto. Hay que elegir quererla («querer quererla») todos los días. En esa relación interviene mucho más la voluntad que el instinto, especialmente después de los aproximadamente primeros 17 meses de enamoramiento (1), etapa en la que, por razones químicas, darse al otro surge de manera mucho más espontánea. Pasado ese tiempo, debemos decidir dedicarle tiempo al otro, pensar en él, buscar su bien y hacerlo sentir querido.

La receta perfecta no existe. Cada persona y cada pareja son un mundo. Sin embargo, me parece que Nacho Tornel —mediador familiar y autor del libro Relacionarte, que recomiendo especialmente— resume muy bien los pilares fundamentales de una relación:

1. La comunicación. Sigue siendo lo más importante. Comunicarnos diariamente, con cariño y respeto, escuchando más de lo que hablamos. Sin comunicación es muy difícil mantener la conexión.

2. El compromiso. Fortalecer el vínculo y hacer sentir al otro que sigue siendo una prioridad, incluso en medio de todas las demás responsabilidades.

3. El respeto. Respetar y también admirar al otro. Mantener viva la admiración es un elemento fundamental para que la relación siga creciendo.

4. La afectividad. El intercambio cotidiano de cariño, que puede expresarse en un abrazo, una palabra de apoyo, un gesto de ternura o también en la intimidad sexual.

Convertirse en padres transforma profundamente la vida y también la relación de pareja. Se hace imprescindible seguir buscando momentos para conversar, mirarnos, demostrarnos cariño y elegirnos en medio de las múltiples demandas de la vida familiar. Esto antes se daba de manera más espontánea y natural, tal vez ahora tocará buscarlo conscientemente y dejar de lado las mil excusas que podrían surgir.
Es importante ir reencontrándose también en la intimidad sexual, respetando los tiempos y necesidades de ambos.
Quizás el desafío no sea volver a ser la pareja que éramos antes de tener hijos, sino aprender a encontrarnos nuevamente desde quienes somos ahora: una pareja que también es padre y madre.Porque cuidar ese “nosotros” que dio origen a nuestra familia es también una manera de cuidarla.
Helen Fisher, investigadora, neurobióloga y antropóloga estadounidense.

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