En un entorno actual que tiende a desvalorizar conceptos fundamentales de la educación, este artículo reivindica la obediencia como un pilar indispensable en la infancia. Lejos de ser una imposición anticuada que limita la libertad o la felicidad de los niños, la obediencia se presenta como la herramienta clave para cultivar hábitos positivos, desarrollar el autodominio y ganar batallas contra las debilidades internas, sentando así las bases de una vida adulta plena, madura y verdaderamente feliz.

Por Raúl González

A fines de mayo, impartía una sesión de Orientación Familiar sobre «Autoridad y obediencia» cuando, en medio de la interesante conversación entre los asistentes, una mamá dijo: «Es que habría que llamarla de otra manera». Se refería a la obediencia; según ella, una palabra demasiado dura y, además, anticuada.

Esto viene pasando desde hace tiempo y es una forma sutil y poderosa de cambiar nuestros valores: desprestigiar o desvirtuar ciertas palabras madre como verdad, autoridad, obediencia, felicidad, deber, responsabilidad, tolerancia, etc.

Mediante el lenguaje pensamos, nos entendemos y nos expresamos. Por lo tanto, empobrecer el significado de estas palabras —que expresan los valores y pilares sobre los que construimos nuestra visión de la vida, de la sociedad y de la felicidad— termina afectando profundamente nuestras vidas y la educación de nuestros hijos.

La obediencia es una palabra de vital importancia en la educación de los niños y niñas pequeños, hasta el punto de que al niño que no obedece es muy difícil educarlo.

Esto tiene al menos dos fundamentos:

Si por educar comprendemos el desarrollo lo más pleno posible de todas las facultades de esos seres en potencia que son nuestros hijos e hijas, estaremos de acuerdo en que educar en las virtudes humanas —nuestra segunda naturaleza— es un camino efectivo, un atajo, hacia esa plenitud que llamamos madurez.

Pero como las virtudes se adquieren coleccionando hábitos buenos, y los hábitos se forman con la repetición de acciones, sin obediencia, los niños y las niñas pequeñas no realizarán esas acciones que les conviene repetir para adquirir un buen hábito: ordenar las cosas, comerse todo lo que les sirven, saludar a las demás personas, ayudar, realizar sus deberes escolares, preparar sus materiales para el día siguiente, cumplir un horario, etc.

Quizás algunos lectores y lectoras estarán pensando: «¡Pobres niños! No los dejan ser felices». Y esto conecta, justamente, con el segundo fundamento.

Por supuesto que queremos que nuestros hijos e hijas sean felices. La pregunta es: ¿cuándo? Porque parece que la felicidad de la larga vida joven y adulta no siempre es aliada de la «felicidad» (mal entendida) de la corta infancia.

Porque los verdaderos enemigos de la felicidad no están fuera de nosotros, sino dentro: la pereza, los temores, la falta de objetivos, la impaciencia, la irascibilidad, la falta de perseverancia, el egoísmo, etc.

Esta batalla contra esos enemigos se gana cultivando el autodominio, el señorío de uno mismo y la libertad; poder hacer lo que queramos y no lo que nos condicionen nuestras debilidades internas.

Si queremos ponerle motores a nuestros hijos e hijas y no frenos, veremos en la obediencia un tesoro para que, desde pequeñitos, vayan ganando batallas contra sus debilidades y, gracias a eso, crezcan llenos de recursos para vivir su vida juvenil y adulta como quieran, siendo felices y un aporte a la sociedad.

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