Hoy en día, como papás, andamos estresados por nuestros hijos. Queremos que sean bilingües, jueguen fútbol como profesionales, toquen algún instrumento y que saquen puntaje nacional en la PAES. Nos desvivimos despejándoles el camino, sacando cada piedra para que no se tropiecen, y en esa pasada, terminamos haciéndoles todo: desde la cama hasta el trabajo de historia. ¡Cuidado!, según Julie Lythcott-Haims (How to raise an Adult) y un famosísimo estudio de Harvard, en ese afán de ayudarlos, les estamos haciendo un flaco favor.

Por: Mario Basaure

La exdecana de Stanford es súper clara: si tu hijo no está lavando los platos, alguien más lo está haciendo por él. Y el problema no es que la cocina quede brillante, sino que nuestro hijo se cría pensando que las cosas aparecen hechas por arte de magia. Se saltan esa etapa fundamental de arremangarse la camisa y entender que para que la casa funcione, todos tienen que poner de su parte. Cuando los sobreprotegemos y los eximimos de las tareas domésticas para que se dediquen solo a estudiar, los estamos criando en una burbuja de cristal que se va a romper apenas lleguen a su primer trabajo, o incluso antes.

Imagínate a ese joven que nunca sacó la basura porque «pobrecito, tiene que estudiar». Una vez en su primer trabajo probablemente esperará que su jefe le dé una lista de instrucciones con peras y manzanas. No tendrá esa «chispa» de mirar alrededor y ver qué falta, porque nunca tuvo que fijarse si quedaba confort en el baño o si el perro tenía comida. Ese sentido de la iniciativa, que es lo que realmente te hace destacar en el mundo laboral, se entrena raspando ollas y ordenando la pieza.

La resiliencia también se cultiva ahí, entre el lavalozas y la escoba. Lavar la loza es monótono, no tiene brillo, pero hay que hacerlo. Si un niño aprende a tolerar ese pequeño tedio con tal de ver el resultado, cuando crezca no se va a desanimar cuando su jefe le pida un informe que le parece sin sentido. Sabrá que la vida tiene partes que son aburridas, pero que son necesarias para que el sistema funcione. Es pasar de ser un «hijo de invernadero» a ser alguien que sabe navegar la vida aunque esta se pueda poner difícil.

Al final del día, el desafío es para nosotros los papás. Hay que aguantarse las ganas de quitarles el paño de la mano porque «lo están dejando todo mojado» o porque se demoran una eternidad. Es preferible que la cama quede con algunos surcos o que el piso tenga una que otra miga, a que nuestro niño crezca pensando que es un invitado de hotel en su propia casa. No estamos formando «niños perfectos» para la foto de Instagram; estamos formando adultos que no se achiquen frente a la vida, y que cuando ésta se muestre caótica, sepan que hay que partir por algo, como lo que era lavar esa primera bandeja que estaba sobre la mesa de comedor. Así que ya sabes, la próxima vez que te den ganas de hacerle la tarea o limpiar el desorden que dejó, respira profundo y pásale la escoba. Tu «yo» del futuro (y el de ellos) te lo va a agradecer.

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