Alrededor de los 7 a los 10 años se da una etapa de cierta tranquilidad, pues la infancia ya va acabando y la pubertad aun no llega. Es un momento de afianzar aprendizajes y donde necesitan el cariño y la presencia cercana de sus papás.

Se dice que a esta edad se produce el verdadero “destete afectivo” del niño, pues su interés se abre hacia afuera de su casa. Esto no quiere decir que deje de interesarse en su familia, sino que da por sentado esa base y esas relaciones, cuenta con ello; y eso es lo que le permite, en parte, abrirse hacia personas nuevas.

El niño ya se reconoce como una persona con identidad propia y espera que así lo reconozcan los demás. También comienza a pensar acerca del futuro, hace planes, confronta sus ideas con las de sus padres.

También a esta edad sienten un gran interés por el mundo que los rodea y por las cosas nuevas que van viendo en otras casas y en el colegio. Están abiertos a aprender todo lo que los entusiasme. En esto coopera su desarrollo corporal, pues a la capacidad atlética que tiene desde los 6 se suma la mayor motricidad, ingenio y habilidades.

Los juegos no solo les sirven para entretenerse sino para gastar energía, fortalecer músculos y relacionarse con sus pares.
El niño es agente y protagonista de varios aspectos de su vida. Por eso es importante que en la familia exista un correlato de lo que ocurre afuera. Escucharlo, aceptar algunas de sus ideas y mostrarle claramente sus responsabilidades. También es importante que los padres se interesen genuinamente por las nuevas aficiones del niño y sus actividades fuera de casa, que le permitan invitar amigos y estar dispuestos participar cuando el niño lo invita, cosa que sucede a esta edad.

Los padres siguen siendo los máximos referentes y los mejores acompañantes. El escenario perfecto para un niño de esta edad, tal vez, es imaginar un lugar al aire libre, con amigos, jugando a distintas cosas y los papás también siendo parte activa de la escena. Cuando sea posible, intentemos ser parte, pues son momento de intimidad que valen oro y que, tal vez, echaremos de menos en unos años más.